Rosalba Campra - Tres poemas de 'Museo'

Rosalba Campra 

Estos textos forman parte de la sección MUSEO de un libro en preparación, Almacén de Ramos Generales. “En campos de batalla” se publicó en Arqueología provisoria, Alción, Córdoba (Argentina) 2018; son inéditos y están especialmente dedicados a Aurora Boreal “Descubrimiento en la Glyptotek” y “Exhibiciones”.

 

En campos de batalla

 

Por todas partes heridos, enteras cohortes,
al parecer hubo acá una guerra,
a esta amazona le falta una pierna,
un gálata se reclina agonizante,
este mutilado podría ser
uno de los honderos baleares o cretenses
que hicieron retroceder las tropas del imperio,
no sé, ya no estoy seguro,
me he ido olvidando de esas guerras.

Tampoco recuerdo dónde viven,
o vivían, los gálatas, pero a ellos
se los reconoce fácilmente,
mueren desnudos como iban a la contienda,
exhibiendo los músculos suntuosos.
–Jamás esclavo–, habrá desafiado este otro,
plantándose en el pecho la espada.
Y tan bonita la amazona, con qué gracia
reclina la cabeza o trastabilla
sobre la pierna que le queda.

O tal vez me equivoco, tal vez ni siquiera
recibió una herida en la batalla
y el soporte del hierro es cosa
que concierne solamente a la estatua
agredida por el tiempo. Otra clase de guerra.
Mientras la amazona aún combate junto a los troyanos
la estatua hoy, por su parte, empeñada en ser ruina,
desde su pedestal en la penumbra muda
del museo, contempla al visitante
buscar esas palabras que otorgan lustre a la derrota
y una vez halladas, o no, abandonar la sala.
Más allá hay guerras nuevas que esperan sus estatuas.


Descubrimiento en la Glyptotek

 

Copenhague, 2017.
La Ny Carlsberg Glyptotek.
Mi Guide du Routard advierte
que al entrar me sorprenderá
“un extraño atrio con palmeras
y decoraciones Belle Époque”.
¿Extraño atrio este Jardín de Invierno?
Bajo la cúpula de vidrio
entre las palmeras revolotean
mariposas venidas de los trópicos
o alguna otra zona de la imaginación.
Un museo donde el arte induce
a vagabundeares sosegados
Egipto y Grecia y Roma
y Gauguin y Renoir
y nórdicos para mí desconocidos.
Todo de obligatoria calidad.
No se corren aquí riesgos, me digo,
mientras paseo entre una serie de esculturas
hasta que desde su columna me detiene
el busto de una mujer.
Está cruzado por sogas
que se le hunden en la piel.
En un cartelito puede leerse “The Negress”:
un título en inglés. Miro de más cerca:
“Porquoi naître esclave?” se lee en la base.
Ese es el nombre dado por su autor.
Un francés, Jean Baptiste Carpeaux.
Ah, aun el más inofensivo de los museos
puede albergar en sus rincones un acecho.

II
Quién sabe cuántas veces en París
en mis tiempos de estudiante ya lejanos,
atravesando el Jardin du Luxembourg
habré pasado delante de una fuente,
el monumento que el Prefecto Haussman
en 1867 le encargó a Carpeaux.
El encargo era una alegoría:
las Cuatro Partes del Mundo
en enlace armonioso figuradas.
Creo que jamás caí en la cuenta
de que una de esas Partes era
una mujer negra que luce
en el tobillo una cadena.
Lo que la Glyptotek ofrece al visitante
es un busto preparatorio de esa mujer.
Carpeaux lo editó en ejemplares
de bronce, terracota, mármol,
de yeso, pintado o no.
Figura en los museos
de un lado y otro de ese Océano
con los rumbos trazados
por los barcos negreros.
En el Metropolitan Museum of Art
su nombre es “La négresse”,
en algún otro, “La négresse captive”,
en Copenhague, como ya dije,
“The Negress”. Es de mármol blanco
la que en la Glyptotek pregunta
por la razón de la esclavitud.
¿A quién pregunta sin mirar de frente?

III
Deberían advertir al visitante:
Palabras. Preguntas. Peligro.
Las preguntas que yo no voy a hacer.
Quién sintió la necesidad de aclarar “cautiva”,
por qué “la” negra, no “una”, por qué
el sustantivo solo no fue suficiente,
por qué plantear como un destino
el ejercicio de una imposición,
por qué “naître” está en infinitivo,
modo sin sujeto: a quien pronuncia
ese “nacer” lo han desposeído del yo.
¿Es por eso que esta mujer aparta
su mirada de la mía?
¿O soy acaso yo quien la rehúye?
¿Por qué?
A quien quiera sentarse en el jardín
le dejo mi puesto en el bar de la Glyptotek,
le dejo diccionarios y manuales
de gramática y semiótica y sintaxis
le dejo una lista con numerosas fechas
de abolición de la esclavitud.
¿Yo? No, no me voy, me ha dado cita
aquí mismo la que yo era
cuando andaba por las plazas de París
con Degas y Monet.
Entretanto vayan pensando ustedes
cuál sería el camino a seguir,
ya se hace tarde.
Atención cuando tomen la palabra,
suele escurrirse entre los dedos, disolverse.
Tengan presente sobre todo
que “abolir” es un verbo defectivo.



Exhibiciones

 

I
El nombre de esto es “Museo”.
Nombre heredado de una lengua antigua.
Probablemente la que hablaban los dioses.
Algo así como diosas son las Musas
y esta era su casa: lugar de reunión de la belleza,
de cosas desconocidas o extrañas
llegadas desde lejos.
Colecciones de lo que existe, o una vez existía,
puesto adecuadamente en orden
para ser admirado.
Museo de Zoología, por ejemplo.
En esa lengua que decía más arriba,
significa “saber sobre los animales”.
Para entenderlos, pues, los exhibimos.
Sus ocupantes están muertos.
Lo que aquí se exhibe son despojos.
Muchas de esas criaturas ya no existen.
El tigre blanco el bisonte el dodo
la paloma migratoria la lechuza
la tortuga los delfines el canguro
el elefante las luciérnagas.
Pero aquí guardamos
su imagen imperecedera
gracias a la obra del taxidermista.
Para que él pudiera conservarlos
los matamos.

II
También existe otra clase de museos
en los que se conservan materiales
para entendernos a nosotros mismos.
Los llamamos Museo de Antropología
de Arqueología de Prehistoria.
Allí es gente lo que conservamos.
Naturalmente, estas muertes
no fueron obra nuestra,
de la noche de los tiempos vienen,
residuos de la dinastía tal o cual
en el museo del Cairo o de Turín,
o el cuatro veces milenario
cuerpo incorrupto de La Bella de Loulan,
o en Copenhague esa vikinga adolescente
de faldellín trenzado.
Pero el momento llega en que uno se pregunta
sobre la licitud de tal muestrario.
Estos que ahora son momias, esqueletos,
en su tiempo eran la esposa de alguien como nosotros,
eran los hermanos. Pero, ¿a quién devolverlos?
Fue devuelta a su tierra La Venus Hotentote.
Una mujer negra de menguada estatura
y nalgas poderosas, traída desde su África
como objeto de curiosidad para las ferias.
Sucedía poco antes de que mi tiempo
–mío y tuyo, lector– empezara
y acabaran los días de la Venus.
Desnuda y disecada: así se la exhibía
en el Museo del Hombre en París, Francia.
Ella sí que nos habrá avergonzado,
porque un día la sacaron de la sala.
Era una culpa lo que exhibíamos.
Menos mal que ahora se pueden exhibir
estos seres de Alfa del Centauro.
Ellos sí que con nosotros
no tienen nada que ver.

 

Rosalba Campra
Entre las publicaciones más recientes de Rosalba Campra, escritora argentina residente en Roma, se cuentan En los dobleces de la realidad. Exploraciones narrativas (ensayo), 2019 y los volúmenes de poesía Arqueología provisoria, 2018 y Fabulario, 2021.

 

Material seleccionado y enviado a Aurora Boreal® por Rosalba Campra. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Rosalba Campra. Fotografías Rosalba Campra © © © Metalli Studio for the Civitella Ranieri Foundation, 2013

 

 

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