José Cardona López - nueva novela - 'La vieja Inés'

La vieja Inés (Todo sobre el caso Torres Villaquirián)

 

La vieja Inés
(Todo sobre el caso Torres Villaquirián)
© José Cardona López
Novela
Ediciones y Gráficos Eón, México
Páginas 111
2022

 

En La vieja Inés. (Todo sobre el caso Torres Villaquirán), un hombre es engañado por su pareja, a quien encuentra en un motel con su amante. En lugar de reaccionar violentamente, el hombre les lleva pizza a la habitación. A partir de ahí, su vida va a enredarse con el sistema judicial, pues según la ley, él debió ejercer su derecho de matar ciego de ira e intenso dolor. Al final, el hombre es condenado luego de un juicio que se presenta como un espectáculo en el que acusado, abogado defensor, testigos, fiscal y otros protagonizan sus papeles de manera absurda e hilarante. La novela está narrada en primera persona por parte del mismo acusado.

 

Lea el capítulo Uno

NO LOS MATÉ. SOBRE MI CASO no han dejado de opinar abogados, paralegales, tinterillos, secretarias de despachos judiciales, estudiantes de derecho y hasta siquiatras, neurólogos y otros de bata blanca. Todos se sienten como en tribuna y coinciden con que al yo encontrarlos bien enroscados en la cama de aquel motel era motivo suficiente para que los matara ciego de ira e intenso dolor. Recuerdo que una vez el fiscal se paró con qué ojotes frente al jurado, sacó pecho, irguió su índice con mucho vigor y al cabo de unos cuatro segundos eternos abrió el caño de una verba imparable sobre el amor, la ira y el intenso dolor.

A mí me parecía un aberrante disparate que precisamente ese hombre hablara de amor y corazón herido en pleno juicio. Luego de los turbinazos de código penal, religión y educación cívica que les empujó a los del jurado, casi a los gritos dijo que dolosamente yo no había ejercido mi derecho de matarlos, a sabiendas de que ellos habían perpetrado una agresión de obra en contra de mí con un comportamiento ajeno grave e injustificado. ¡Y es que no se debe renunciar a los derechos!, agregó abriendo más los ojos, con el índice vibrando a mil y una sonrisa de mucha baba en las puntas. Por mi parte no renuncié a mi derecho de imaginar que yo era su mamá y lo arrastraba de la oreja hasta ponerlo en la calle.

 

Con mi acto de no matarlos no dejé que en los periódicos apareciera otro par de cuerpos desnudos y pálidos hasta el verdor, enseñando la mueca entre el placer y el jalón brutal del azadón del rip. Miles estarán frustrados porque no les permití que contemplaran otra foto de dos cuerpos pegachentos de sangre en una habitación de motel, porque les negué el gusto de leer la noticia de otra desgracia ajena. Sin saberlo me opuse al desarrollo normal de la ley de la causalidad que anima la dinámica del devenir de los eventos colectivos y privados. Así decía un profesor de historia que tuve, lo decía cuando se regaba a explicar lo que le ha ocurrido a la humanidad en todos los cuatro brazos del aquí y del ayer.

Al no matarlos también me opuse al placer que descargamos en la página roja de los diarios. Y cómo es la vida, por más que queramos deambular en la raya sin tambalearnos, uno acaba por ser la mesa para un pulso de grandes ligas entre un sí y un no desde el ombligo del ego: confieso que hasta yo mismo eché de menos en los diarios la foto de un par de amantes todos tiesos en mitad de sus apuros. Pero a lo mejor esto no tenga nada que ver con las contradicciones del ser, simplemente será expresión de las tantas manías civiles que uno aprende a adjudicarse luego de docenas de años de respirar fuera del útero y pagar impuestos.

 

Los periódicos han hablado mucho. Han sido muy amplios con la publicidad de lo mío. Me han dedicado columnas y columnas, ilustradas con fotos de hasta cuando hice la primera comunión. También una emisora y un canal de televisión han hecho de las suyas.

Por tres veces asistí a un programa radial con locutores que hablaban gangoso y de prisa, como si por ahí estuvieran a punto de hacer un gol. Me preguntaron hasta raspar con las uñas en mi más profunda intimidad. Y yo les respondí todo, siempre sonriente y sin ir más allá de fingir que estaba a tono con las temperaturas de la emoción que ellos sintieran en esos momentos. Los programas de la emisora fueron patrocinados por tres productos para el hogar. El primero por una marca de ollas con teflón, los otros dos por un detergente y un jabón antibacterial para lavar platos, con aroma de limón de atardecer en tierra de gitanos. Así dice la etiqueta en el frasco. El jefe de publicidad del programa de las ollas me regaló una bien grande. Gracias a la amabilidad del Dire de la cárcel la ollota esa vino a dar al caspete del patio.

En la televisión todo fue más divertido. Por dos sábados consecutivos asistí a un programa en que una presentadora de unas sonrisas de cielo me hizo unas preguntas infernales. La gente aplaudió las preguntas, nunca mis respuestas, pero yo me consolaba y me entretenía mirando de reojo las piernas de la presentadora. Fue un caso cómo se puso la gente en esos programas, creo que muchos, si no todos, quisieron caerme encima. Claro que antes de empezar a molerme a puñetazos y patadas, seguro que con sus carotas forradas de alegría uno por uno habrían pasado frente a las cámaras para hacer un hola con la mano y saludar a papá y mamá, o al ser amado que entre ternuras y mofletes los miraba en el televisor de la casa.

A la salida del segundo programa de la televisión me encontré con un señor al que la boca le olía como a papaya y ajo, lo juro. Se me acercó y me pidió un autógrafo. Su mirada era sincera cuando posó sus ojos en los míos. Tomó aire y me dijo que yo era uno de sus héroes. Entonces pensé que en verdad mi Dios no abandona a nadie, siempre nos envía un ángel, aunque a éste la boca le huela a papaya y ajo. Ya sabemos, a ángel regalado, etc. Nos abrazamos y en el abrazo sentí la nueve milímetros que él llevaba en la cintura. Le di el autógrafo mientras me decía que se sentía mal porque no me había aplaudido. Yo le dije que no se preocupara, que así es la vida, que a veces los aplausos se nos quedan en los bolsillos, pero que los mejores son los que se guardan en el corazón y le di tres palmadas en el hombro izquierdo. Se tomó dos selfies conmigo y luego se fue caminando como si pisara colchones de hojas en algún bosque del Paraíso. Lo miré alejarse y me dije que en ese hombre algo acababa de cambiar. No sé por qué lo dije, a lo mejor fue por esa manera de caminar que le vi.

 

Quién sabe si mi caminar se hizo distinto cuando empecé a vivir con Viviana, tendría que averiguarlo con algunos que me conocen desde mis años de la primaria, aunque lo veo como difícil, muchos se han ido de esta ciudad y los pocos que se han quedado ya ni me hablan. En fin. Pero debo decir, así suene como a lugar común, que al vivir con Viviana yo me sentía en la gloria. Y no exagero. Yo era feliz, los dos éramos felices. Nuestras vidas calzaban una con la otra, igual nuestras aspiraciones, las que se resumían en sólo una, vivir juntos hasta que la muerte nos saliera con sus zancadillas. Esto lo teníamos claro y sin necesidad de haber pasado nuestro amor por el horno de la iglesia. Tal vez por esto mismo era que nos sentíamos tan seguros en el amor, un amor cuya felicidad provenía del saber mutuo de que éramos totalmente libres para amarnos, que al amor habíamos llegado con toda libertad y en uso de ella habíamos decidido vivir juntos.

Pero como a la felicidad hay que encontrarle una razón que uno pueda repetirse como estribillo de arrurrú cuando sin hacer ruido se nos presente algún insomnio, me dediqué a buscarla. Al cabo de los primeros seis meses de vivir con Viviana supe que nuestra felicidad se apoyaba mucho en esa manera de mirar que ella tiene. Tal vez no es exacto decir manera de mirar, más bien debo decir que era su mirada, la esencia final de su mirada. Ella me miraba con unos ojos grandes, aguados, de movimientos lentos. Para donde yo dirigiera la cara, la cabeza de ella se movía lenta, con esos ojotes hermosos sobre mí. A algunos no les gusta que los miren tanto, así sea su esposa, pero a mí me fascinaba que Viviana lo hiciera. No lo sé. Para mí era como si con su mirada ella me dijera a cada rato que se sabía protegida por mí, que reconocía que yo era su hombre y que a ese hombre nunca lo cambiaría por otro. Ya se sabe, toda protección acaba por ser un acto de dos egoísmos en un mismo plato.

Una noche me fui quedando dormido mientras sus ojos estaban sobre mí. Dormí de un tirón. Amanecí como si hubiera dormido años. El descanso me sobraba, el día lo pasé lleno de mucha energía y todo lo hice bien en el trabajo. A la siguiente noche, luego de nuestras faenas amorosas, le encarecí a Viviana que no se fuera a dormir sin que antes yo lo hiciera.

―¿Y qué hago yo mientras te dormís, ve?

―Me mirás dormir —le dije de una.

―Está bien, mi amor―. Y me dio un beso hermoso, sobándome la cabeza.

Así fue. Desde esa noche pude comprobar que con Viviana mirándome dormir yo siempre podría caer de inmediato en los plumones del descanso total. Es más, lo pensé a los pocos días, yo podría tener cualquier cantidad de pesadillas, pero con sólo saber que me había quedado dormido mientras Viviana me miraba, las tales pesadillas se volverían pomada de fresas en leche. Y la verdad es que no recuerdo haber tenido pesadillas mientras nos amamos, mientras nos iban a llegar los días en que todo lo nuestro empezara a estallarse contra las paredes.

Me despertaba en las mañanas y Viviana estaba acodada en la cama, despierta, mirándome. Era un rotundo encanto. La encontraba en la misma posición que la había dejado antes de dormirme. Esa mirada valía mucho más que el piar de polluelos en esos versos lanudos para pastores. Y bueno, mis días eran muy cargados de sonrisas en la empresa, de mucha energía en el trabajo. Mi productividad se disparaba, crecía en forma incesante y hasta llegaron a darme premios, medallas y placas por mi dedicación a la empresa. Todo eso debe estar por ahí en una caja.

 

Estoy en manos de un buen abogado, me lo recomendaron una tarde cuando yo hacía fila en un banco. Es el mismo que el año pasado se metió en la tarea descomunal de llevar a casación la sentencia a cuatro años de prisión contra un señor que no pagó un caldo en un restaurante. No sé si la gente recuerda el caso. Digo lo recuerda no para referirme a la sentencia, ni al señor, ni al abogado, ni al restaurante, sino al caldo. A mí no se me olvida que unas señoras de gorrito blanco todo almidonado hablaron mucho del caso. Ellas solitas se hicieron a una muestra del mismo tipo de caldo del restaurante ese y la enviaron a un laboratorio de Bogotá. Con paciencia geológica esperaron los resultados. A los muchos meses, resultados de análisis en mano, ante varios periodistas informaron que el famoso caldo que se había tomado el señor había sido sólo un agua amarillenta con sal y unas cuantas pizcas de cilantro y cimarrón. Aparecían muchas trazas de glutamato monosódico, tal vez provenientes de una cantidad indeterminada de un cubo Maggi con sabor a pollo.

De lo mío, de mi caso, a lo mejor van a recordar al abogado, él se lo merece. El abogado se conoce las leyes de este país con todas sus puntas y flecos. Es de los que cuando quitan el dedo del renglón lo hacen sólo para tomar nota de lo que leen, mientras con la otra mano se cuelgan del tal renglón. Tiene el entusiasmo temerario de los recién graduados, siempre listo para asestar el codigazo correspondiente y echarse una buena descarga de capítulos, parágrafos, artículos y otrosíes donde crea que haga falta.

 

El día que me detuvieron me vestí con el pantalón gris oscuro de poliéster, el mismo que tenía la tarde en que sorprendí a Viviana y a Leonel tan gimientes y amorosos en una cama. Tal vez me lo puse el día de la captura como un acto de afirmación de mi actitud de no matarlos. Hasta para eso sirve un pantalón gris oscuro de poliéster. También me puse la misma camisa que llevaba aquella tarde. Es ésta color lavanda y cuello y puños azul celeste, que compré en un almacén de Unicentro, acompañado por Viviana. Quería que Viviana me viera con ella en la prensa, cuando registraran la noticia de mi captura. Que me viera con esta camisa y dijera cuanto se le antojara al recordar el alegato que armamos en ese almacén antes de comprarla. Viviana me recomendaba una blanca y yo estaba harto de las camisas blancas. Y Viviana hable y hable. Hasta me dijo que yo estaba loco por parecerme a algún miembro de una banda de rock de los sesentas. Nombró a los Rolling Stones, los Yard Birds y The Animals e hizo unas piruetas como de tocar guitarra diciendo ¡yeah, yeah! Me reí por su histrionismo y le dije ¡yep!, que sí, que así era. Lo dije para darle la razón a ella en alguna cosa, para pagarle la risa que me había provocado, nada más. Compré la camisa y en la noche invité a Viviana a cenar en un restaurante cerca del estadio. Lo de la invitación a cenar más bien fue un pretexto para estrenarme la camisa.

Viviana conoce muy bien el significado de esta camisa. Estoy seguro que habrá entendido el mensaje que le envié con las fotos de frente y perfil que aparecieron en los diarios.

 

jose cardona 350José Cardona López
Escritor colombiano residente en Estados Unidos. Obtuvo su maestría en literatura hispanoamericana en la Universidad de Louisville, el doctorado en la misma disciplina en la Universidad de Kentucky. Es Regents Professor de Texas A&M International University, donde enseña literatura hispanoamericana y creación literaria. En su libro Teoría y práctica de la nouvelle (Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2003) presenta y discute lo más representativo de lo que al nivel teórico se ha escrito sobre la novela corta o nouvelle, desde los planteamientos de la novellentheorie hasta los de algunos escritores, críticos y académicos del último tercio del siglo xx. Es coeditor de Teoría de la novela corta: deslindes y reflexiones, Vol. V. de la serie Una selva tan infinita, (Departamento de Publicaciones del Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM, 2022). Ha publicado el libro de cuentos La puerta del espejo (El Papagayo de Cristal, 1983) y la novela Sueños para una siesta (Oveja Negra, 1986). Con Todo es adrede (Borinmex, 1993; Programa Editorial Universidad del Valle, 2009) fue finalista en el VI Concurso Internacional Letras de Oro organizado por la Universidad de Miami (1991-92), modalidad colección de cuentos. Algunos cuentos de Siete y tres nueve (Fondo editorial Universidad eafit, 2003) y de Al otro lado del acaso (Lumme Editor, 2012) han aparecido en textos universitarios para la enseñanza de español y literatura en los Estados Unidos. En 2014 publicó su novela corta Mercedes (e-book, Aurora Boreal) y en 2018 Do outro lado do acaso (Lumme Editor). Ha sido incluido en diversas antologías de cuentos en Canadá, Colombia, España, Estados Unidos y Perú. Cuentos, micro-ficciones, ensayos y artículos suyos, algunos traducidos al inglés, portugués y rumano, han aparecido en libros y revistas impresas y electrónicas de Estados Unidos y el exterior.

Material enviado a Aurora Boreal® por José Cardona López. Publicado en Aurora Boreal© con autorización de José Cardona López. Carátula La vieja Inés cortesía © Ediciones y Gráficos Eón. Fotografía José Cardona López © archivo del autor.

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