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Puro Cuento

El agua

diego nieto 250El nacimiento viene de la muerte
y la muerte del nacimiento.
Concepción Budista
Chan Wing-Tsit

 

Con esa lentitud que delata recelo, el hombre se abrió paso entre la maleza y bajó la pendiente hasta la playa. Era la hora vertical del mediodía y no había sombras. A su izquierda y derecha, la arena se alargaba blanca; al frente, el mar, que a lo lejos se confundía con el cielo, más claro y sin nubes. En el día prefijado, avanzó con decisión. Lo detuvo la orilla. Se fijó en la espuma última de las olas: hecha añicos se arrastraba hacia sus zapatos, que finalmente mojaron. Se los quitó indignado, y al hacerlo se le cayeron las gafas. Las alzó en un movimiento mecánico y las sacudió como si fuera a necesitarlas donde iba. Mientras las acomodaba sobre la nariz, observó la inmensidad que había ido a buscar. Era agua, indudablemente. A la gente le encantaba el agua. Incluso recorría miles de kilómetros para retozar en ella y luego tumbarse al sol como elefantes marinos. Eran otros hombres esos. No escribían libros ni estudiaban filosofía; la fundación del imperio y su posterior caída les tenían sin cuidado. En el fondo, no podía negarlo en la intimidad de ese momento, aunque con muchos de ellos departiera amigablemente, los despreciaba. Cómo podía alguien perder el tiempo en el agua. Él la odiaba. Era un odio visceral. Siempre había sido así. Desde pequeño. Un profesor de educación física le había preguntado si alguna vez había estado a punto de ahogarse. Él no recordaba, por supuesto. Se limitó a responder, entonces, que el agua le daba asco. Era una sensación superior a él. El primer recuerdo que tenía era de infancia. Sus amigos se bañaban en el arroyo del Camino de Las Fuentes, antes que se lo tragara la ciudad. Era un lugar inmundo. Las aguas estaban casi estancadas; por allí cruzaba el ganado, conducido a un matadero próximo; y corriente arriba había una fábrica de vidrio que arrojaba en ellas todos sus desperdicios. No pudo evitar contrastar la fangosidad de aquel arroyo infantil con la limpidez del mar por el que avanzaba. Eran diferentes; sin embargo, en lo más recóndito de su composición química, eran una y la misma cosa; lo sabía.

Unos años más tarde los amigos de siempre lo habían entusiasmado con la pesca. La pesca le presentaba la posibilidad de estar al aire libre sin mojarse; sus padres también insistieron. En ella encontró una distracción inolvidable, y hasta afectiva, junto a su tío y dos amigos fieles. Hasta que un día la boya que miraba hipnotizado se hundió, él tiró, clavó, como se decía en la jerga, y desde lo hondo surgió, grande, gigantesco, inacabable, un pez. “Ostras”, gritó alguien. Él quedó petrificado. El pez cayó entre las rocas, a su lado, se retorció encabritado en tierra durante unos segundos y volvió a caer en el agua. Le recriminaron su falta de decisión, su falta de reflejos para patearlo lejos de la orilla. Esa noche no pudo dormir. Se limitó a contemplar el oscuro techo de la tienda, amenazado de cerca por los fondos legamosos de la laguna de San Miguel. E imaginó, hasta la realidad, que monstruos amorfos y oscuros se arrastraban fuera de ella, lo buscaban dentro de la tienda y del saco de dormir y, con sus aletas viscosas, lo mojaban.

Se sacó entonces los calcetines y dio dos pasos al frente. Las olas le ciñeron los tobillos. Sintió una extraña sensación de frío y profundidad que, aunque no recordaba, no le era desconocida. Ninguno de sus personajes se metía, ni se había metido jamás, en el agua. Como él, eran hombres de secano.

En la línea del horizonte divisó un barco. Era una silueta oscura, y como de humo. En él habría gente, en cubierta. Estaban en el agua sin mojarse. Verían la línea blanca de la costa y la selva a sus espaldas. Pero a él, no. Era infinitamente pequeño, él. Y tendrían piscinas.

marinas 401Una vez, en aquella época en que uno se sentía diferente pero quería ser igual, había estado en una piscina. Era la del club. Estaba tendido en el césped, batallando disimuladamente con su aversión para cumplir con el ritual del verano, cuando advirtió que desde el extremo opuesto del jardín lo observaba una chica. Él volvió la cabeza a uno y otro lado y corroboró que efectivamente había puesto los ojos en él. Aturdido, se acomodó las gafas. Ella se puso en pie. La vio aproximarse, cadenciosa. Se dijo que era hermosa, y no mucho mayor que él. Cuando estuvo a su lado, levantó la vista y, con la mano resguardándose los ojos del resplandor del sol, pudo entrever una sonrisa rubia. Con lentitud, ella le dio la espalda y en dos saltos, mientras él aún apreciaba la brevedad de su bikini amarillo, se zambulló. Pensando en el agua que lo había salpicado, en aquel momento no se percató de que ella emergía con fuerza desde el fondo y lo invitaba con otra sonrisa a una íntima danza subacuática. Esa misma tarde la vio salir, siempre sonriente, con un joven lleno de músculos y pelos encrespados de sol y cloro. Ahora la recordaba ante el mar. Tal vez había desechado una mágica noche de placer, o simplemente el nacimiento de una relación inocente, y por tanto duradera, por el agua.

Todo era quietud, luz. El mar adormilaba. Y se sentía cansado; no de la vida, sino de la espera resignada. Era mejor ahora, en un parón, antes que un nuevo entusiasmo lo absorbiera. Ya estaba bien. Había escrito innumerables libros. Había ensayado la poesía, el teatro y la novela. Con fortuna, decían los críticos. Había sido un trabajo arduo, y, no lo negaba, placentero. Las bibliotecas eran su mundo. Allí también todo era quietud, silencio. Pero un silencio diferente. Un silencio hacia adentro. Y las luces eran muchas, y caían duras sobre el libro, hacia adentro del libro. Se convenció de que los libros eran el alma del mundo, y por eso se guardaban en cuidados anaqueles; el mar, las montañas, las selvas, eran los rostros de ese mismo mundo, a veces sonrientes, como hoy, a veces coléricos, e incluso melancólicos.

La marea había subido. El agua le llegaba hasta las rodillas. Sintió asco y retrocedió sin darse vuelta. Pensó entonces en Lugones y en Alfonsina. Qué buscarían. El descanso. Una ablución eterna. Ahogar los libros que llevaban en sus adentros. O llenar de agua los huecos que los poemas escritos les habían dejado en sus almas. Desde luego no buscaban poemas, como alguien, con un mal gusto impenitente, había cantado de ella.

Había sido feliz en el mundo. Sólo el agua le disgustaba. Recordó entonces a qué había ido a esa playa apartada de los hombres. Decidido, avanzó. Primero con facilidad, luego, a medida que se alejaba de la orilla, con esfuerzo, el torso hacia adelante, los brazos impulsando la marcha. No pensaba. Su mente se había rendido a una especie de sueño obsesivo en el que la única orden era adentrarse en el mar. Sintió el agua al pecho, bajo las axilas, sobre los hombros. Una ola le arrancó las gafas. Le pareció que levitaba y luego que se hundía, lento, rodeado de burbujas. Ante él se desplegó un mundo de formas difusas, azuladas. Sin aire. Y oyó un latido lejano, como si no fuera de su corazón. Al tocar mansamente el lecho arenoso con la espalda, supo por qué había odiado siempre el agua, y la seguiría odiando, de pequeño.

 

diego nieto 350Diego A. Nieto Marcó
Buenos Aires 1951. Reside en Argentina hasta 1974, cuando comienza un viaje de varios años (Brasil, Paraguay, Estados Unidos, Portugal, etc), al final del cual se radica en España. Estudia Filosofía en la Universidad de la Plata, y Filología Inglesa en la Universidad Complutense de Madrid, graduándose en la Universidad de Granada. Actualmente vive en Málaga donde trabaja como profesor en la Escuela Oficial de Idiomas. En esa ciudad, entre 2002 y 2013, dirige la revista MARTIRICOS de relato corto en inglés. En 1989 recibe el premio de poesía Florian de Ocampo por su obra Desde el alba. Entre sus obras se pueden citar, A orillas del Bahana (novela), Cuentos de un hombre a solas, Los falsarios (cuentos), La voz y sus sombras (poesía).

 

Material enviado por Diego Antonio Nieto Marcó a Aurora Boreal®. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Diego Antonio Nieto Marcó. Fotografía Diego Antonio Nieto Marcó © Diego Antonio Nieto Marcó. Cuadro "Marina", autora © Ana G. Pulido se puede contactar via Facebook en Ana GPulido Art.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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