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Puro Cuento

La conversación pendiente

miguel rodriguez 251Mi hermana siempre ha estado un poco loca, lo sabemos todos en la familia, pero yo he preferido no decirle nada: ella es sensible, y éste un tema difícil de tratar que provoca comentarios incómodos en reuniones navideñas y cumpleaños. Hay cosas de las que quizás no hay por qué hablar, tampoco son tan importantes. A las muñecas con las que jugaba de niña, de hecho, no parecía importarles su estado de salud mental, y participaban con ella en conversaciones absurdas que nadie entendía, asuntos privados sobre otros juguetes que no vivían en la casa pero que formaban parte de su círculo de amigos. Siempre hubo un aparte, un mundo distante y diferenciado en el que se refugiaba y hablaba de cosas misteriosas a las que los demás no llegábamos. La buscábamos, pues, en los márgenes de las cosas, en los juguetes, en las palabras sueltas y distantes.

Con el desarrollo de la vida, mi hermana y sus juguetes dejaron un día la niñez y la casa familiar, y se llevaron consigo sus conversaciones, su locura, y lo que quedaba de mis preferencias con respecto a ambas. Se fueron de repente con sus vestidos y sus certezas, y la casa enmudeció de cordura y de soledad, y adquirió un silencio cuya naturaleza corrosiva nadie hasta entonces conocía. Las habitaciones donde antes había palabras y juegos se convirtieron de pronto en estancias a las que yo regresaba compulsivamente en busca de mi hermana, como si este comportamiento me facilitara una conexión con ella, aunque fuera a través de la locura. Jamás me interesó tan poco la vida que llamábamos normal. Pero esto tampoco funcionó, y no volví a verla ni a saber de ella durante muchos años, un tiempo en el que viví huérfano de piel y de lenguaje. Algo que aún no he llegado a comprender se apagó en mí durante aquel tiempo. Después uno visita estas habitaciones ya sin delirio, sin incendio, y se encuentra a solas con lo que queda de aquellas conversaciones, de los juegos, de la locura. Con los años, son estas estancias las que se van haciendo con la vida de la casa, las que van marcando la pauta de la conversación o de la tristeza. Fue entonces cuando, sin motivo ni señal previos, recibí una carta, su carta, en la que me anunciaba que al poco vendría a verme, a estar conmigo, su hermano, a llenar de historias los lugares callados y ausentes de mi vida.

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El agua

diego nieto 250El nacimiento viene de la muerte
y la muerte del nacimiento.
Concepción Budista
Chan Wing-Tsit

 

Con esa lentitud que delata recelo, el hombre se abrió paso entre la maleza y bajó la pendiente hasta la playa. Era la hora vertical del mediodía y no había sombras. A su izquierda y derecha, la arena se alargaba blanca; al frente, el mar, que a lo lejos se confundía con el cielo, más claro y sin nubes. En el día prefijado, avanzó con decisión. Lo detuvo la orilla. Se fijó en la espuma última de las olas: hecha añicos se arrastraba hacia sus zapatos, que finalmente mojaron. Se los quitó indignado, y al hacerlo se le cayeron las gafas. Las alzó en un movimiento mecánico y las sacudió como si fuera a necesitarlas donde iba. Mientras las acomodaba sobre la nariz, observó la inmensidad que había ido a buscar. Era agua, indudablemente. A la gente le encantaba el agua. Incluso recorría miles de kilómetros para retozar en ella y luego tumbarse al sol como elefantes marinos. Eran otros hombres esos. No escribían libros ni estudiaban filosofía; la fundación del imperio y su posterior caída les tenían sin cuidado. En el fondo, no podía negarlo en la intimidad de ese momento, aunque con muchos de ellos departiera amigablemente, los despreciaba. Cómo podía alguien perder el tiempo en el agua. Él la odiaba. Era un odio visceral. Siempre había sido así. Desde pequeño. Un profesor de educación física le había preguntado si alguna vez había estado a punto de ahogarse. Él no recordaba, por supuesto. Se limitó a responder, entonces, que el agua le daba asco. Era una sensación superior a él. El primer recuerdo que tenía era de infancia. Sus amigos se bañaban en el arroyo del Camino de Las Fuentes, antes que se lo tragara la ciudad. Era un lugar inmundo. Las aguas estaban casi estancadas; por allí cruzaba el ganado, conducido a un matadero próximo; y corriente arriba había una fábrica de vidrio que arrojaba en ellas todos sus desperdicios. No pudo evitar contrastar la fangosidad de aquel arroyo infantil con la limpidez del mar por el que avanzaba. Eran diferentes; sin embargo, en lo más recóndito de su composición química, eran una y la misma cosa; lo sabía.

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El entierro

viveca tallgren 251"El entierro", relato con el cual realizó su debut literario la escritora Viveca Tallgren en la Danmarks Radio en 1985.
El relato fue leído por un actor y años más tarde traducido al castellano por Anne Klint.

 

 

En la entrada de la iglesia estaba el sacristán vestido de frac. Me pidió la tarjeta de invitación. Le miré con extrañeza.

- Por favor, su nombre y apellido, reiteró fríamente.

- Pero soy la hija de la señora Carrington...

- Por favor, su nombre, reiteró sin inmutarse. Sentí un escalofrío. Le di mi nombre. Sacó un plano del interior de la iglesia y puso una cruz en él.

- Puede Usted sentarse en la parte posterior a la izquierda.

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El corte de la chaqueta

miguel rodriguez 251Salimos juntos del restaurante, hace un poco de fresco a esta hora. Yo visto camisa blanca, y ya en la calle me destemplo, me pasa siempre. Ella viene hacia mí con mi chaqueta, sabe que tengo frío; ella sabe muchas cosas de mí, y se acerca a mí con mi chaqueta. Pero hoy hay algo distinto en ella, que en la cena me mira demasiado fijamente y pestañea menos de lo habitual. Ahora, en la calle, me doy cuenta de que su cara está un poco tensa, rígida, aunque ella no suele sentir el frío. Y entonces lo veo: trae mi chaqueta doblada de una manera que yo no haría nunca, por mi costumbre ordenada. Un doblez inusual, una caída sobre el brazo que rompe la simetría visual, el orden de los minutos, la conversación. Y comprendo entonces: hay algo en mi chaqueta, la que ella me ofrece y quiere que me ponga. Me habla, me insta, pero las palabras se quedan fuera, solo entra en mí el frío. Ella sabe que tengo frío. Yo rehúso, me excuso, es un paseo corto hasta su casa, después ya cojo un taxi y no necesitaré ponerme la chaqueta, pero esto no se lo cuento, tan solo lo pienso. Un paseo corto hasta su casa, donde guardo y ella custodia alguna más de mis chaquetas. Ella insiste, lo intenta una y otra vez tratando de parecer cuidadosa, ya no sutil, y me coge por el brazo para guiarlo hacia la manga de mi chaqueta, la que oculta algo, y yo hago un último movimiento brusco y me aparto unos pasos. Al hacerlo, ambos oímos el ruido de un objeto metálico que se cae al suelo desde el interior de mi chaqueta, un objeto que preferimos no mirar, y los ojos se nos clavan con dureza: los de ella en mí, pendientes de mi reacción; los míos en alguien que no reconozco en aquella mujer. Retrocedo un poco más, espantado de ella, de mi chaqueta, de nuestra mirada, del frío con el que he vivido. Espantado de haber oído lo que hemos oído.

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La catástrofe

milciades arevalo 285A Soledad Restrepo, por siempre

 

La biblioteca del alcázar estaba situada en el último piso de una torre circular a la cual se llegaba por una escalera en espiral. Para colmo de males, allí nadie leía. A la señora Benazir únicamente le importaba comer, comer y comer. Era tanta su gordura que a donde quiera que iba tenían llevarla en un palanquín. A Saucina, la hija del señor Abedamera, una moza de trenzas doradas, más llena de bríos que una potranca, lo que más le gustaba era perder el tiempo suspirando por un marinero que le había prometido casarse con ella tan pronto volviera de un viaje alrededor del mundo. Bella Donna, una muchacha de ojos lánguidos vivía tocando la flauta, para que Saucina no estuviera triste.

Presumiendo que toda la familia del señor Abedamera había salido a ver el desfile de las comparsas del carnaval, traté de ordenar la biblioteca de la mejor manera, para que me alcanzara el tiempo para hojear los libros de rigurosa manufactura, raros y curiosos la mayoría, de leyendas y amores inventados, de pájaros de fuego y seres de incandescente belleza, de viajes y extrañas culturas, con la diferencia de que cada vez que abría un libro salía volando un pez, un dragón o una muchacha desnuda... Sin dejar que ningún pensamiento impuro me perturbara el ánima, continué ordenando los libros en los anaqueles, al cuidado de las plantas carnívoras que, si bien nadie veía a simple vista, años atrás se habían engullido una suma no despreciable de cristianos.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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