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Ensayo

Un tal Pedro Páramo

pedro paramo 250Después de leer la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo me quedó el recuerdo de unas voces que aparecían y se iban, a veces desvaneciéndose, siempre en forma de murmullos, para contar la historia del hombre que le da el título al libro, un feudal a cuya voluntad viven otros personajes dispersos en el campo o concentrados en un pueblo de sus dominios, y la historia de todos ellos. Puedo evocar el argumento y las imágenes de sus anécdotas, pero tras cada lectura me quedan tanto la representación que me hice de los protagonistas como las frases que sirvieron para describirlos. O de los murmullos, que es lo que más recuerdo. Las veces que he tratado de descubrir el origen de ese efecto caigo de nuevo en él, desde el comienzo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo”.

El hombre que inicia el libro se hace guiar por un arriero al que encontró en el camino y al que le cuenta que de su padre sólo conoce el nombre. Más adelante, mientras lo inicia en el conocimiento de la región por la que se internan, el arriero le revela que él también es hijo de Pedro Páramo, y cuando han llegado al pueblo, que se ve desierto, le dice que Pedro Páramo murió hace muchos años. El que venía de viaje, aconsejado por el arriero, busca alojamiento en la casa de doña Eduviges, por quien se entera de que Abundio, el arriero, también ha muerto desde antes del encuentro, lo mismo que ella, según se entera el hombre por otra mujer, Damiana Cisneros, que llega cuando él ya está solo en el cuarto. Luego el libro se va poblando de muertos que no mueren durante su proceso sino que ya lo están desde el comienzo, y que conversan y monologan para ir reconstruyéndose a sí mismos. Nos hablan de ellos y de la vida, sin ahondar más en la psicología que en la poesía, ya que ninguno aparece si no reserva para nosotros un momento de su sentido lírico, trágico y épico. Así el hombre del título como los que están contratados a su servicio, los que lo ven de lejos, las autoridades, el padre Rentería que convive sometido en el reino del otro y sufre de fuertes remordimientos por todo lo que ha cedido en detrimento de su parroquia, y que siente cierta paz interior cuando entierra a Miguel Páramo, el único hijo al que don Pedro protegió y al que le toleró toda clase de desastres. El padre Rentería recibe las monedas del pago de la misa y se acerca al altar: “Son tuyas. Él puede comprar la salvación. Tú sabes si este es el precio. En cuanto a mí, Señor, me pongo ante tus plantas para pedirte lo justo o lo injusto, que todo nos es dado pedir... Por mí, condénalo, Señor”.

La historia vuelve a habitar las calles desiertas de Comala y reconstruye de las ruinas la Media Luna, la hacienda del patrón. El tratamiento de los muertos en Rulfo recuerda el episodio de La Odisea en el que Ulises, aún en vida, viaja al Hades en busca de un consejo de Aquiles, quien ahora mora allí. Después las circunstancias quedan olvidadas en la inspiración que unifica al libro, en los rasgos que aparecen de la dimensión humana, o apenas en el mundo real que resumen. La narración de Rulfo con sus murmullos misteriosos es fácil de situar en el tiempo a través de un indicio ---el brote del ejército de rebeldes que dividieron la vida nacional y afectaron la individual de los personajes---, la región, con lo que se dice, es fácil de adivinar, y puede ser fuente de estudio de historiadores y sociólogos. Cuando los muertos salen a dar su versión de la historia lo hacen a partir de hechos que no alteran. Doña Eduviges le narra a Juan Preciado el pasaje en que Miguel Páramo, que acaba de morir, se le aparece para narrarle las incidencias de su muerte. El relato avanza luego en otro presente, en el diálogo de otros o en un soliloquio, o en algo distinto: “Ruidos. Voces. Rumores. Canciones lejanas: Mi novia me dio un pañuelo con orillas de llorar”. La misma poesía transmitida a veces de tumba a tumba con intimidad y un humor que aquí consiste en mostrar a la gente como es, se siente hasta los renglones del final: “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.

La trama transcurre entre montes, valles, lluvias para los plantíos, un pueblo que decae por el abandono, tiempos secos y canículas que amustian las emociones, mientras en su lenguaje se va olvidando la discusión sobre literatura rural y urbana. Es tierra del interior, favorecida o sacudida por el viento, y sin embargo en un párrafo se presenta el mar. Viene en el recuerdo de Susana San Juan y se convierte en un canto purificador, como lo fue el mar para ella. Rulfo recurre de nuevo a una acción en la que las metáforas se imaginan y el agua es agua, la marea es marea y la arena es arena: “El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas”.

Lo más llamativo en la estructura de las más o menos cien páginas por las que se extiende el libro, es la colocación de sus fragmentos en tiempos que se adelantan y vuelven atrás, y la impresión que dan de ocupar sólo su lugar. Cada trozo, alguno muy breve, queda emancipado por su propio interés y por las palabras que se renuevan en el presentimiento y en el esmero, aunque al final se comprenda mejor en el conjunto de la novela. Al lado de las descripciones, de los recuerdos y los diálogos frecuentados por un lirismo que la ocasión puede conducir a una dureza poética, una buena parte de esas cien páginas está reservada a la representación del amor. El hombre que con la asistencia de su capataz Fulgor Sedano extorsiona y elimina a uno que otro que se le resiste y se casa en un matrimonio con fines lucrativos, esconde para el lector su naturaleza cuando piensa en Susana San Juan, la mujer que ocupó su atención desde sus juegos de niños y la que hizo vanos sus esfuerzos por atraerla: “Pensaba en ti, en las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire”. “El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre los dedos detrás del viento, hasta que se rompía con un leve crujido como si hubiera sido trozado por las alas de algún pájaro”. “A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida tú, escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no pueda alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras”. “Cada vez que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba, pensaba en ti”. “Esperé a tenerlo todo. No solamente algo, sino todo lo que se pudiera conseguir de modo que no nos quedara ningún deseo, sólo el tuyo, el deseo de ti”. “Sentí que se abría el cielo. Tuve ánimos de correr hacia ti. De rodearte de alegría. De llorar. Y lloré, cuando supe que al fin regresarías”. “Fue la última vez que te vi. La luz era igual entonces que ahora, no tan bermeja; pero era la misma pobre luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina que hay ahora”. Más adelante alguien dice que en cada suspiro se va un soplo de vida, y en otra parte Fulgor Sedano, el ayudante, manifiesta un sentimiento de dignidad y de justicia, ya que si él ha llegado a los extremos del abuso, éstos le parecen legítimos porque se derivan del mundo que él y su patrón crearon. En cambio cuando el hijo de Pedro Páramo deja por gusto viuda a una mujer, Fulgor Sedano se resiente: “Yo sé medir el desconsuelo, don Pedro. Y esa mujer lo cargaba por kilos. Le ofrecí cincuenta hectolitros de maíz para que se olvidara del asunto; pero no los quiso. Entonces le prometí que corregiríamos el daño de algún modo. No se conformó”. Cree en la necesidad de los medios que emplea para sostener el imperio, pero comunica otra pasión cuando contempla el sol y las nubes sobre los maizales: “Ven, agüita, ven. ¡Déjate caer hasta que te canses! Después córrete para allá, acuérdate que hemos abierto a la labor toda la tierra, no más para que te des gusto”.

Rulfo no publicó además de esa breve obra, de esa gota de oro que respira a todo momento y con ella la literatura, sino un volumen de cuentos, El llano en llamas, y un relato, El gallo de oro, escrito en un comienzo como guión de cine y que en la forma actual gana más semejanza con sus dos libros anteriores.

 

Luis Fayad
luis fayad 350Colombia, 1945. Periodista, cuentista, novelista y ensayista, cuya obra fue bien comentada por el crítico literario uruguayo Ángel Rama. Ha vivido por muchos años en países europeos y, particularmente, en Berlín, donde reside. Es autor de la célebre novela Los Parientes de Ester (1978), y entre sus múltiples publicaciones se encuentran sus novelas Compañeros de viaje (1991), La Caída de los Puntos Cardinales (2000), Testamento de un hombre de negocios (2004) , Regresos (2014) y los libros de relatos: La carta del futuro (1993), El regreso de los ecos (1993) y Un espejo después (1995, 2003, 2010 y en 2014 por Editorial Aurora Boreal®).

"Un tal Pedro Páramo" enviada a Aurora Boreal® por Luis Fayad. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Luis Fayad. Carátula del libro Pedro Páramo © tomada de internet Fondo de Cultura Económica. Foto Luis Fayad © Daniel Mordzinsky.

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