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La columna de Alejandro José López

No estoy de acuerdo con esta guerra

paloma paz 250No estoy de acuerdo en permitir a los buitres devorar nuestro cuerpo mientras los corazones palpiten aún.
No estoy de acuerdo en consentirle otra vez al oleaje de esta guerra que lance nuestro espíritu a la profundidad de su mar.
No estoy de acuerdo en aceptar que únicamente lucha quien amenaza, quien dispara y quien maldice.
No estoy de acuerdo en combatirles con las mismas armas que lo degradan todo y han convertido esta tierra en un cementerio garrafal.
No estoy de acuerdo en dejar a la mentira repetirse mil veces y admitir, con mi cansancio, que se convierta en verdad.

No estoy de acuerdo con ceder a hijos y nietos una patria arrasada, un legado de encono, una herencia de sangre derramada.
No estoy de acuerdo con vivir atrincherado en la desidia, acomodado en la indolencia y en la altivez inocua de quien practica el desdén.
No estoy de acuerdo en arruinar el destino de quien amo, ni proseguir mi viaje rendido al mandato del rencor.
No estoy de acuerdo en acatar el miedo, ese monstruo informe que devora las entrañas de quien se entrega a él.
No estoy de acuerdo con burlar a quienes lloran, con agredir a quienes sufren, con humillar a las víctimas que han concedido el perdón.

No estoy de acuerdo en acoger lamentos, ni las consignas torpes de la resignación.
No estoy de acuerdo en proscribir la risa, ni en decretar el llanto como elección de estirpe mirando al porvenir.
No estoy de acuerdo en abrazar la ira, ni enmudecer postrado ante los mil rostros de la intimidación.
No estoy de acuerdo en expatriar las mariposas, ni olvidar las cascadas rojas que truncaron ilusiones, sueños y certezas.
No estoy de acuerdo en vitorear oprobios, ni en alabar desprecios, ni en aclamar afrentas, ni en aplaudir vilezas.

No estoy de acuerdo en olvidar la lluvia, en ignorar la luna, en desdeñar el viento que todavía se filtra por el ventanal.
No estoy de acuerdo en derruir ideales, descartar nuestros sueños, arrasar la esperanza y someter la ilusión.
No estoy de acuerdo en ultrajar las rosas, ni afrentar los ríos, ni insultar la nubes en cuyos arreboles me saluda el sol.
No estoy de acuerdo en despreciar a los niños, ni desechar sus rondas, ni desoír los cantos que en este instante justo nos invitan a jugar.
No estoy de acuerdo con vivir a oscuras cuando el sol se aviene cada día nuevo para festejar.


Colombia, octubre 7 de 2016

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La escritura, el dolor y la fiesta

alejo lópez 250Inédito

 

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No sabría explicarlo a satisfacción. Dedico mis días al infatigable sortilegio de interpretar las letras que otros han escrito y al extravagante oficio de trazar las mías propias. Sospecho que en el primer asunto es inevitable incurrir en frecuentes tergiversaciones y que, en el segundo, resulta casi imposible juntar dos palabras con acierto y armonía. Y sin embargo ―a vicio de insistir―, me corren ya tantos años en estas inquisiciones que han terminado convirtiéndose en mi destino. Soy muy consciente de lo que significa haber crecido entre libros, en una casa donde siempre se honró la literatura; pero esta mezcla de alborozo y de recóndito martirio que me produce el ejercicio de las letras tiene para mí el valor de una inclinación misteriosa. ¿Por qué me duele tanto esto que al mismo tiempo me gratifica y me embriaga? Quizá ni debería planteármelo y seguramente jamás llegaré a comprenderlo. Sé que ha habido autores declaradamente felices con su vocación, de modo que se permitieron agudezas contra “las agonías de la creación” ―así lo hizo E. M. Forster―. Hay otros que fueron verdaderos ascetas de la escritura y que pregonaron su padecimiento tanto como les fue posible ―ése es el caso del gran Flaubert―. Desde luego, jamás podría alinearme en ninguno de estos bandos, junto a escritores tan admirables. Ambos signos me atraviesan.
Dicho esto, no descarto la opción de proseguir hacia una afirmación categórica. La cualidad primera de una obra literaria es la sinceridad. No hay pericia técnica ni destreza estructural capaz de redimir un embuste de su infame condición. Todo lo contrario: cuanto más se insista en encubrirlo, más evidente será un truco; cuanto más se procure maquillarlo, más chapucero se hará el artificio. A lo largo de los siglos, la literatura ha estado ligada a la revelación, a la iluminación de las más profundas regiones del alma; allí radica su trasfondo místico, allí su perdurabilidad. Y dado que hay aspectos de la naturaleza humana que sólo pueden inquirirse literariamente, resulta imperativo para el escritor adentrarse en esos abismos, tener el coraje de honrar su propio talento apelando a toda su capacidad para ser sincero. Los demás caminos tienen apenas el valor de lo accesorio, de lo anecdótico. Sabemos que nuestro tiempo, sin embargo, ha convertido la tergiversación en su distintivo primordial; por esta ruta ha hecho del éxito, precisamente, el mayor de sus fetiches. De esta suerte, poco importa ya que una obra sea reveladora; basta con que tenga la capacidad de entretener, de recrear masivamente. Con el autor pasa otro tanto: lo fundamental ahora es que sea públicamente un escritor. Aunque no escriba.

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La pieza de los libros

pato 251Cuento inédito‏

 

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Me parece que es mayo y han de ser las cuatro de la tarde. El hombre sentado frente a su escritorio es rubio y de nariz aguileña. Sus intensos ojos verdes parpadean apenas. Lleva treinta y tres años habituándose a trasegar caminos arduos, a escalar montañas imaginarias. Hoy las páginas de un libro español lo mantienen absorto. Desde la puerta de aquella habitación repleta de volúmenes, alguien lo observa; pero él ni siquiera intuye la presencia del niño. Su mente se halla embelesada en alguna fonda castellana, intimando con acemileros y pastores, con mozas y gañanes. Sus cejas se contraen, su frente se enciende, su mano pasa la página. Y el chico sigue allí, instalado en sus siete años de curiosidad y pantalones cortos. ¿Por qué tanto silencio, por qué tanta alegría? Quisiera volver al solar donde se juega al trompo, al zumbambico; quisiera corretear a los dos bimbos que cuidan su infancia y provocar al pato bulloso y travesear con las cinco gallinas de siempre. Pero se mantiene un rato más en el umbral, fisgoneando la pieza de los libros, intentando comprender aquella felicidad de papá.
Cuando tanto silencio lo desborda, el niño toma una decisión. No ha disipado aún sus misterios; sin embargo, tampoco va a interrumpir la concentración de ese hombre que tanto ama y reverencia. Entiende que ya es tiempo de regresar a las canicas, o al balero; quizá la rayuela venga mejor. Antes de atravesar el largo vestíbulo que lo llevará hasta el patio, dirige una mirada más a la habitación y descubre algo aterrador. Alguien lo vigila desde la pared del fondo y no deja de hacerlo por más que se mueva hacia un lado, hacia el otro, hacia atrás. Se trata de una efigie espeluznante, de una mujer tan fea como el sufrimiento y tan vieja como el rencor. El chico huye despavorido, raudo, con un grito atragantado en la mitad de su propio espanto. Salva la sala en pocos pasos, salta materas y floreros sin causar destrozos; pero su pequeño corazón está a punto de estallar. Sólo cuando sus pies de viento traspasan el quicio que se abre al solar, el niño logra sentirse a salvo. Jamás los graznidos de un pato fueron tan dulces, ni tan encantador el séquito de cinco gallinas; nunca en la historia había sido ni tan poderoso el respaldo de dos pavos.

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Aquella encrucijada del lenguaje: un homenaje a Óscar Collazos

oscar collazos 251Óscar Collazos
1942–2015

 

 

Texto leído por el escritor y crítico Alejandro José López con motivo del homenaje que se le hiciera a  Óscar Collazos en la Universidad del Valle, el 29 de mayo de 2015. La coyuntura de este breve ensayo está referida a la reciente muerte de Óscar Collazos.

 

 

 

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Uno de los debates que más exacerbó los ánimos entre escritores y artistas del siglo pasado estuvo ligado al tema del compromiso político. En América Latina, el influjo producido por la Revolución Cubana —desde su triunfo en el 59— tuvo las proporciones de un aluvión espiritual. Los jóvenes de aquel momento y de las décadas siguientes llevaron al paroxismo su entusiasmo revolucionario y su disposición para cambiar radicalmente la sociedad. También es cierto que la reacción de las fuerzas conservadoras del continente resultó cruenta y sanguinaria. Cuando miramos hacia atrás podemos confirmarlo: el capítulo que le correspondió vivir a Latinoamérica en el panorama de la Guerra Fría no fue gélido, sino candente y feroz. El idealizado retrato cinematográfico de glamurosos espías y contraespías se transformó aquí —en nuestros vecindarios— en miles de torturados, exiliados, desaparecidos y fusilados. El fanatismo de las fuerzas contrapuestas propugnaba un colofón irreversible: la desaparición física del adversario.

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Vila-Matas o la libertad del escritor

enrique vila 001Cuando una afición te gobierna, hasta la fisonomía se te impregna de sus trazos. Un bibliófilo, por ejemplo, llega a tener una mirada tan insólita que no es posible saber si aquello que la rige es tristeza, abismo, o regocijo. ¿Acaso una mixtura de los tres? En cualquier caso, la lectura brinda una suerte de vida paralela que te habilita para recorrer este mundo a sabiendas de que sólo es uno más entre otros posibles; así, la gravedad de las cosas queda disuelta o, por lo menos, matizada. Y este modo de ver y comprender la vida se le nota al lector, sobre todo al literario, en la cara. Porque sucede que una imaginación corpulenta es el principal recurso para ejercer la libertad.
En esto he pensado cuando me encontré con el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas, quien recibiera el premio Rómulo Gallegos en el 2001 gracias a su novela El viaje vertical (1999). Me dije: se le nota y de muchos modos; empezando por sus propios libros. En éstos, que ya son numerosos, muy traducidos y reeditados, hay una mezcla de reflexión y narración que pone en calzas prietas a los críticos cuando intentan clasificarlos. Pero es sobre todo en el aspecto temático donde aparece de manera explícita su pasión libresca, su vocación de hacer literatura sobre la literatura. Tal es el caso de su Historia abreviada de la literatura portátil (1985), donde da rienda suelta y divertida a su actitud iconoclasta. O el de su Bartleby y compañía (2000), en el cual rastrea aquella saga espiritual de escritores que han optado por el silencio al cabo de pocos o de ningún libro. O el de El mal de Montano (2002), novela en la que se piensa la función de lo literario en el mundo contemporáneo y que le valiera al autor el prestigioso Premio Herralde.

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