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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (30)

Conversaciones con Lutero

Colonia, a la que Heine apostrofó como “la santa”, es una ciudad más católica que mandada hacer. Sus doce espléndidas iglesias románicas y su catedral (la que “tiene tanto a la vez de piedra y nube”, según dijo en un soneto pluscuamperfecto el poeta tolimense Juan Lozano) son testimonios indesarraigables de esa catolicidad. Pese a ello Colonia se permite el lujo de tener un diario liberal independiente y laico, respetuoso con el cardenal–arzobispo y su entorno casi pretridentino, sí, pero poniendo el mismo peso en el otro platillo de la balanza: ese 15,5% de protestantes colonienses cuyo corazón palpita hospitalario en la Antoniterkirche [la recoleta iglesia de los antonianos], en el mero mero centro de la ciudad.

Así, nada tiene de extraño que ese diario, el Kölner Stadt Anzeiger, iniciase hace un año, el 30.10.2016, una serie de columnas dedicadas a los dichos de Lutero, de cara a la celebración del quinto centenario de la Reforma, el movimiento iniciado por el monje agustino y que puso fin a la unidad de la iglesia cristiana. Según el testimonio de su amigo Melanchton, Lutero clavó el documento con sus 95 tesis contra el tráfico de las indulgencias, en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg, el 31 de octubre de 1517. Y esa fecha de hace ahora 500 años es la que cuenta tradicionalmente como el inicio de la Reforma, una que dividiría al pueblo cristiano de manera definitiva –hasta hoy– en dos bandos en el fondo irreconciliables, pese a la retórica ecumenizante: apenas se la raspa con la uña, implosiona como una pompa de jabón.

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CARTA DE ALEMANIA (29)

In memoriam Juan Goytisolo († 4.6.2017)

En el 2014 escribí un texto donde me congratulaba de que, por fin, le hubiesen reconocido a Juan Goytisolo ese Premio Cervantes que se merecía desde 1976, el año de su institución. Y lo hice comenzando por recordar lo que dijo don Antonio Machado («Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón»), para añadir que, a decir verdad, son tres Españas, hay que sumar la España Peregrina, la que se desterró una y otra vez, casi de buena gana, para que no le helaran el corazón.

Una España Peregrina que se remonta al siglo XVI, a Gonzalo Guerrero, mi paisano de Palos, Huelva, el primer español que se aculturó en América y murió combatiendo como jefe maya contra los conquistadores. (Hay un excelente relato de Eugenio Aguirre donde se cuenta esta olvidada página de la Historia).

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CARTA DE ALEMANIA (27)

En las profundas aguas de lo trivial

 

1867 es el año en que Karl Marx publica El Capital. Es asimismo el año en que nacen Rubén Darío, Arturo Toscanini, Luigi Pirandello y Marie Curie, y el año en que mueren Maximiliano de Austria (fusilado en Querétaro) y Charles Baudelaire (desahuciado en París). Y es además el año en el que Alfred Nobel inventa la nitroglicerina, Joseph Lister opera quirúrgicamente por primera vez en condiciones de asepsia, y el Zar de todas las Rusias le vende a los USA, por 7,2 millones de dólares, un territorio improductivo llamado Alaska.

1867 es también el año en que nace, el 18 de febrero, Ernestine Friederike Elisabeth Mahler, en Nebra del Unstrut, un afluente del Saale, en el actual Estado federado alemán de Sajonia–Anhalt. Es hija de la relación de su madre, soltera, con un barquero fluvial a quien ella sigue como una Madre Coraje cuando lo llaman a filas. Ello sucede durante la guerra llamada “de las Siete Semanas”, entre Prusia y Austria, que cimenta la hegemonía prusiana en Europa central. Una víctima del cólera que eclosionó durante esa guerra fue el padre de la pequeña Elisabeth. Su madre, echada del hogar paterno a causa de su ”deshonra”, se casa poco después, pero su marido rechaza a la niña; hay otra versión según la cuál ese marido muere también en el campo de batalla, y la madre de la niña se ve obligada a desempeñarse como enfermera, así es que entrega su criatura a la tutela familiar de un zapatero remendón.

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CARTA DE ALEMANIA (28)

Juan Rulfo (* 16.5.1917)

Aunque a Rulfo lo vi la primera vez en 1976, en la Feria del Libro de Francfort de aquel año, dedicada a América Latina, y hasta fui testigo del entrañable abrazo que se dieron él y Max Frisch, conocerlo lo conocí en Las Palmas de Gran Canaria, en mayo de 1979, el día de la apertura del primer Congreso de la literatura en español, Congreso al que luego bautizaría como Etílico, tantos fueron los hectolitros de whisky que corrieron en aquellas calendas.

Rulfo estaba casi escondido, en un rincón de un patio de la Casa Colón, fumando como únicamente he visto fumar a Heinrich Böll, con avidez y deleite simultáneos. Y además solo: o nadie se daba cuenta de su presencia, o más bien pudiera ser que él mismo hubiese elegido aquél rincón para escaquearse. Sólo que yo había viajado a Canarias ubicándolo en el primer lugar de mi lista de prioridades. Y apenas lo descubrí me acerqué a presentarme. Estuvo muy atento conmigo, pero al mismo tiempo muy resuelto cuando le expliqué que era redactor de la Radio Deutsche Welle y que quisiera hacerle una entrevista. “No”, me dijo, “mejor no, aborrezco las entrevistas”. “Pero platicar...”, me aventuré. “Platicar, sí”, me contestó. Y mucho fue lo que platicamos a lo largo de los días del Congreso, en unos diálogos a los que se uniría el novelista huelvano José María Vaz de Soto, quien le explicó a Rulfo cómo era que en el lenguaje de sus dos libros había encontrado muchas voces aún vivas en Extremadura.

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CARTA DE ALEMANIA (26)

Historia epistolar de la infamia

 

A finales del año 2007 apareció en Alemania un libro titulado Cartas a Hitler, de 434 páginas de texto, amén de los registros y apéndices correspondientes. El volumen contiene una selección mínima de las cartas que recibió Hitler como correo privado, desde que inició su carrera política hasta que se suicidó en el búnker de la Cancillería, en Berlín, el 30 de abril de 1945: leerlo resulta una dura prueba para el estómago, aunque –¡quién sabe!– tal vez sea un purgante benéfico.

El autor del libro, el historiador alemán Henrik Eberle, es un acreditado experto en la vida del cabo con el bigotito plagiado a Charlie Chaplin, y rastreando material para su biografía del mismo vino a descubrir el archivo especial del ministerio ruso de la Defensa, en la Ulitza Makarowa de Moscú. En él, entre otros tesoros historiográficos, se encuentra el depósito de los legajos con la correspondencia privada de Hitler, confiscados en Berlín por una de las así llamadas “comisiones de trofeos”, transparente eufemismo de las unidades que, sin andarnos por las ramas, podemos decir que se dedicaban a requisar el botín de guerra.

 

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